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lunes, 16 de agosto de 2010

La primera vez.

Gracias a todas las personas que leen mis relatos, gracias de verdad. Estoy empezando a vivir, por decirlo de algún modo, y escribir para mí es como respirar. Para muchos escribir novela erótica es algo menor, pero para mi es esencia… es parte de mi misma, me ayuda a vivir y a sentirme bien conmigo misma, mis pensamientos y mis deseos. El ver que lo que escribo se lee día a día y se puntúa de esta forma, así como los comentarios que dejáis dándome ánimos y alabando mis palabras, me hace muy feliz. Gracias por todo, ¡en serio! Me hacéis sonreír día a día.

*

Ella tenía una casa adosada en una especie de urbanización a las afueras de la ciudad. Era de dos plantas, en color salmón y con los remates en blanco. La puerta principal era oscura, pero no negra, quizá marrón muy oscuro, que con el sol brillaba. Laia se bajó del coche y abrió el garaje, entró y aparcó su coche. Albert abrió la puerta sin decir nada y la siguió, con aire frío y distante. Ambos entraron en la casa y Laia fue a dejar sus cosas al recibidor, entró en la cocina y cogió un par de latas.

- ¿Te va bien Trina?

- No quiero nada, gracias.

Ella se asomó intrigada al oír esa voz tan tosca viviendo de su niño mimado. ¿Qué le ocurría? Abrió su lata y bebió un tragó, cerró la nevera con la otra mano y se fue hacia el comedor, dónde Albert estaba apoyado en la mesa, mirando al suelo.

- ¿Se puede saber qué coño te pasa?

- Nada.

- ¡Eh! ¡Contéstame seriamente!

- ¿Qué crees que soy?

- ¿Qué?

- Te crees con derecho a hacer conmigo lo que quieres porque soy un crío y sabes que me atraes a más no poder, ¿verdad? Te piensas que me pone muchísimo todo este jueguecito y que disfruto a más no poder, que esto es lo que desean todos los chavales de mi edad, ¿no? ¿Pues sabes qué? ¡Ya no lo deseo! Antes cuando todo esto era una fantasía, estaba bien, pero ahora ya no quiero seguir jugando. ¡No me gusta en absoluto ser un títere en tus manos! ¿Tengo sentimientos sabes? Si quieres correrte cómprate un puto consolador, ¿entendido?

- Si resulta que mi niño tiene genio y todo… -dijo Laia riendo-.

- No me hace gracia.

- ¿Acaso te estoy obligando?

- ¿Qué? –Dijo levantando la cabeza del suelo y mirándola a los ojos-.

- ¿Esto es una obligación, estás aquí porque te tengo amenazado o te doy miedo?

- No –dijo entre dientes-.

- Entonces haz el favor de callarte. Ahora mismo puedes hacer dos cosas: quedarte y disfrutar del momento, o irte y no buscarme más. Yo te busco porque sé que tú me aceptas, pero nunca te forzaría. Aunque me moleste tener que admitirlo me siento asquerosamente atraída por un mocoso como tú.

Eso le hizo sonreír, y ella lo sabía. Había admitido que era más que un juguete, que no era como cualquier otro. Y sin pensarlo dos veces se le acercó y le dio un beso tierno en los labios, con dulzura.

- ¿Te importo?

- Más de lo que deberías.

Se alejó un poco de él y volvió a beber de su lata, mientras lo miraba sentándose en el sofá de su comedor, poniéndose cómoda.

- ¿Siempre eres así?

- ¿Qué quieres decir?

- Parece que te escondes detrás del sexo. ¿No te cansa ser como un juguete para los demás? A mí no me gusta en absoluto sentir placer porque sí, no me gusta que no me beses o que no pueda tocarte o…

- Eres diferente a la mayoría de hombres que conocí.

- Bueno, no sé si podría describirme como un hombre, aún soy un crío.

- Puedo asegurarte que para según que cosas eres todo un hombre. Te sigo de vez en cuando por los pasillos, y escucho a los profesores cuando hablan de ti. Eres maduro, paciente y tienes las cosas claras. La mayoría de hombres no consiguen ni la mitad de eso aún teniendo el triple de años.

Ambos sonrieron. El ambiente cada vez era más apropiado y Laia empezaba a sentirse cada vez más cómoda con él, aún no habían llegado al final y en ese momento era lo que más deseaba. Hacía un rato que se había corrido, mirándole, pero en ese instante lo deseaba como si hiciera años que no estaba con un hombre.

Albert se acercó a ella y antes de que pudiera pensárselo dos veces y echarse atrás, la besó con ansias y se dejó caer, estirándose sobre ella, en el cómodo sofá. Poco después empezó a besar su mejilla, el mentón y finalmente su cuello. Lo tenía suave y dulce, le encantaba saborear esa zona. Laia empezaba a suspirar y eso lo ponía frenético. Quitó su ropa y cuando quedó totalmente desnuda bajo él, sintió deseos de parar el tiempo y quedarse años mirándola, recorriendo su cuerpo de arriba abajo sin prisa.

Era una diosa. Dijeran lo que dijeran, para él lo era. Tenía unos pechos enormes, voluptuosos y preciosos, todo su pezón era rosado, con una gran aureola. Suaves y blanditos, no cabía uno entero en una de sus manos y eso le encantaba, tanta piel por recorrer, tan fina y tan ardiente.

Bajando por su cintura, nada escuálida, se entretuvo en su ombligo y besó esos centímetros de piel, que se erizaba con el roce de sus labios. Poco a poco fue bajando, observando de vez en cuando la cara de Laia, y sus suspiros, parecía estar en otro mundo, y por primera vez, se dejaba hacer, sin oponer resistencia. Al llegar a sus piernas, bajó directamente e sus rodillas, las besó y abrió sus muslos con suavidad. Empezó a tocar por los tobillos y fue subiendo con suavidad, al llegar casi al final, sopló sobre la parte interna y pasó su lengua juguetona. Fue subiendo poco a poco, tan despacio como podía, y entonces posó su vista en ella, en su humedad. Todo aquello, rosado, hinchado y en ese momento tan húmedo, a su alcance. Completamente visible por primera vez, lo embriagaba.

- ¿Puedo lamerte?

Laia sólo soltó un gemido de aprobación mientras Albert pasaba uno de sus cálidos dedos por su humedad. Abrió bien sus piernas y con suma suavidad tocó con la yema de sus dedos cada rincón, fijándose muy bien en dónde conseguía los mayores gemidos. A los minutos, fue su lengua la encargada de provocar las convulsiones de su amante y con ella, al poco, consiguió el primer orgasmo de Laia en sus manos, en este caso en su lengua. Sentir los gemidos, el sudor de ella, sus ojos cerrados, los estremecimientos, los latidos de su corazón... aquello no era descriptible.

- ¿Laia?

- ¿Mmh? –Dijo ella aún recuperándose-.

- ¿Qué tal he…?

Pero no pudo acabar esa frase, sencillamente porque Laia se lanzó a sus labios y lo besó frenética, mientras acariciaba su pelo, cosa que a ambos los volvía locos. Albert no pudo elegir entre la sorpresa que tuvo que ella lo besara tan ardiente cuando hacía un segundo que parecía muerta del agotamiento, o que no tuviera reparos en besarle cuando él aún sabía a ella, pues sus labios todavía tenían su gusto salado impregnado.

- No puedes dejarme así.

- ¿Quieres que…?

- Lo necesito, de verdad.

El empezó a desnudarse. La verdad es que estaba muy excitado y había empezado a dolerle de la emoción, pero no estaba seguro de nada. Era su primera vez, virgen del todo, y nervioso era poca descripción. Aún así confiaba bastante en Laia, ella siempre sacaba su parte más sexual.

- Sé que es tu primera vez… y quizá no tengo derecho a quitártela, pero te juro que si no lo necesitara no te lo pediría.

Verla así, tan sumamente excitada pudo con él. Ella estaba ardiendo, sudada, apenas podía hablar sin suspirar y sus ojos entrecerrados lo miraban con ansia. Su humedad en lugar de calmarse parecía acelerada y su corazón desbocado se oía perfectamente.

- Yo también quiero hacerlo –dijo él, contento además de esa faceta nueva, donde había podido ver a una Laia mucho más frágil y voluble, que le pedía desconsolada un poco de atención-. Sólo que no sé como será.

- Será perfecto, eso seguro –afirmó ella mientras besaba sus labios con dulzura. Albert se sintió mucho más tranquilo en ese momento y se bajó la última prenda que le quedaba.

Empezaron a besarse y Laia no tardó mucho en empezar a gemir, las manos suaves de su amante la volvían loca. Los besos siguieron hacia el cuello y al poco Albert bajó a sus senos, lamiendo y tocando por doquier.

- No puedo aguantar más –dijo Laia entre suspiros-.

Ella abrió las piernas y las dobló, subiéndolas a la altura de su cintura. Apoyó la planta de los pies en el sofá y situó a Albert a la altura, notaba su nerviosismo pero también su excitación, y no podía esperar más.

- La tienes durísima –mordió el lóbulo de su oreja el decirle eso y en un momento abrió un preservativo, que colocó con tranquilidad en su miembro, tenían que tener cuidado, no por las enfermedades ya que su niño era virgen, sino por aumentar la guardería de uno a dos niños. Con suavidad la tomó con sus manos y la colocó en su humedad, al principio, rozando sólo con milímetros su cuerpo-, hazlo de una vez, no puedo esperar más, estoy ardiendo.

Él titubeó pero después de suspirar un momento y mirarla a los ojos, la introdujo de una sola embestida. Laia gimió como nunca antes lo había hecho. Había estado con algunos hombres, pero ese momento era incomparable a todos ellos. Quizás por la inocencia de su amante y su dulzura, quizás por la situación, jamás había estado tan excitada… quizás por… ¿quién sabe? En esos momentos sólo podía pensar en él y en sus embestidas, se sentía llena.

- ¿Estás bien?

- Jamás he estado tan bien en mi vida… ¿Y tú, cómo te sientes?

- No pensaba que pudiera ser tan increíble…

No iba muy rápido, al contrario, aunque entraban hasta el final, siempre era con suma delicadeza, como si temiera romperla al entrar de una forma un poco brusca. Eso la hacía sonreír y estremecía a su corazón, cosa que nadie había conseguido. No obstante, ella necesitaba un poco más, necesitaba sentirlo…

- ¿Qué…? –Dijo él extrañado, pero ya era demasiado tarde.

Laia lo puso a él abajo y se sentó en su vientre, respiró hondo y sin pensárselo dos veces se hundió en él de una sola vez, Albert soltó un gemido que la calentó muchísimo y ella empezó a cabalgar sobre él con suma rapidez. Eso era lo que ella deseaba, él cada vez notaba más la estancia como nublada, todo daba vueltas… se irguió y tomó uno de sus pezones en su boca y agarró sus nalgas con ansia, eso que le estaba haciendo lo iba a volver loco, pero por ninguna cosa del mundo quería que parara.

- Albert… esto es… increíble.

Él levantó la cabeza y buscó sus labios, se besaron lentamente, mientras él subía sus manos por su espalda y acariciaba cada poro de esa piel. Laia se sintió completa por primera vez, aunque pasaría tiempo hasta que se diera cuenta de todo lo que estaba sucediendo, en todos y cada uno de los niveles físicos y mentales de una relación.

- Laia… ya, ya no puedo más…

- Entonces tócame, por favor… hazlo…

Él acercó su mano a su humedad, y con ayuda de la mano de su amante tocó en el lugar indicado hasta que sintió como ésta se corría de nuevo, estremeciéndose y tensando sus músculos. Ésta misma tensión pareció exprimirlo y sin poder contenerse consiguió un orgasmo increíble, fruto de su primera relación sexual con una mujer. Empezó a respirar y abrazó con suavidad a Laia sin pensárselo. Ella quizá lo rechazaría, pero él necesitaba ese contacto. Al contrario de lo que pensaba, ella se cogió con fuerza a él y le besó en su hombro, respiró de su piel y la sintió tranquila, como en paz en sus brazos. Ambos se dejaron caer hacia atrás y quedaron el uno sobre el otro abrazados en el sofá.

- Ha sido tan dulce…

- El sexo es como quieres que sea –dijo Laia tranquilamente, no obstante se acurrucó más en sus brazos y besó su cuello con dulzura, parecía una niña en ese momento-. Pero ahora no dejes de abrazarme por favor.

- No lo haré.

Y ahora, ¿qué narices iba a suceder con ellos dos?

¿Qué quieres de mí?

Diciembre.

Había acabado el trimestre. Encontrar a su pequeño le era difícil en esos días, habían estado más de una semana de exámenes y Albert no le hacía ni caso. Eso la ponía enferma, no soportaba que él pudiera pasar de ella, ese niño no. No obstante, Albert había sido lo suficientemente fuerte como para escapar de ella desde hacía más de 3 semanas, con la excusa de estar estudiando él la rehuía y empezaba a enorgullecerse de su valentía al decirle que no en contadas ocasiones, mirándola a los ojos y con talante serio. Estaba muy nervioso en esos momentos, pero había aprendido a controlarse.

El último día del trimestre Albert sólo tuvo que ir una hora a recoger unas cosas y a hablar con uno de sus profesores, le habían propuesto participar en un proyecto del campus y estaba muy contento. Salió de la sala 21 hacia la una del mediodía y se dirigía hacia la puerta de salida cuando la vio de pie, hablando con otro alumno, tocándose el pelo y poniendo sus gafas en su sitio. En ese momento sintió rabia. No quería que ella hablara con ningún otro alumno, ¿acaso también se tiraba a ese otro? Bueno quizás, al esquivarla, ella se había cansado de esperar y se estaba buscando un nuevo compañero. Empezó a pensar con dificultad y lo único que pudo hacer fue acercarse. Ella se percató de su presencia y con una sonrisa, se despidió del otro chico.

- ¡Albert! ¡Qué sorpresa! ¡Pensaba que habías desaparecido de mi vida! ¿Qué gran hazaña he cumplido para merecer tu presencia?

Él se sintió intimidado, cabreado y avergonzado a la vez. Miró a sus ojos, medio con rabia medio con miedo, y ella puso cara de ironía.

- Me estaba preguntando sobre unos papeles que hay que rellenar para el concurso ese de fotografía. –Él suspiró-. ¿Qué creías?

- Yo…

- Mira, puede que no sea una chica perfecta, pero ni pienses que me voy tirando a todo lo que se mueve, ¿entendido? Además, no tienes ningún derecho a mirarme así. Yo no soy nada tuyo.

Ella hablaba con rabia y él se quedó a cuadros. Entre ambos había mucha tensión en ese momento, y ninguno había sido sincero con el otro. Albert estaba preocupado y enfadado, no quería que ella tuviera a nadie más en su vida, podía ser que estuviera jugando y sólo fuera un polvo para ella, pero aún siéndolo, quería ser el único con quien ella jugara. Ella, por otro lado, estaba enfadada porque él la evitaba y se salía con la suya a base de miradas y palabras tajantes. Le molestaba que él no la necesitase, y sobretodo la cabreaba el sentimiento de cariño y necesidad que tenía hacia ese niñato virgen con quien jugaba.

Después de unos minutos en silencio, ambos a menos de medio metro, mirándose, llenos de dudas y rabia, hubo un poco de paz.

- No creo que seas ese tipo de chica… lo que pasa es que no puedo evitar pensar que si estás jugando conmigo, puedes querer jugar con cualquiera y eso me cabrea.

Ella sonrió. Aunque le molestaba pensar así, le encantó que él tuviera ese sentimiento hacia ella y se sintió mucho más tranquila. Estaba celoso, y eso a ella la ponía frenética.

- Me jode que me evites, ¿vale?

Él la miró extrañado, pero sólo desvió la mirada al ponerse colorado. Entonces ella, viendo que caía su fina tela de seriedad, se abalanzó sobre él y empezó besando su cuello con verdadera ansia. Llevaba tres semanas de abstinencia, y necesitaba hacer algo más que tocarse con sus manos.

- Estoy ardiendo.

Él enrojeció aún más y no se movió. Ella besó sus labios finamente y lo llevó a su coche, allí, entraron ambos en la parte trasera, por el asiento de detrás del piloto. Una vez dentro Laia siguió con sus besos y caricias, poco a poco, consiguió quitarle la sudadera y después su camiseta. Le gustaba mirarlo sin ropa, aunque no era muy fibrado y se podía decir que le faltaban algunos Kg. ella se volvía loca al verlo, era muy pero que muy erótico a sus ojos.

- ¿Alguna vez has visto a una mujer desnuda?

Él ni siquiera respondió, sólo negó con la cabeza y se dejó hacer, mientras suspiraba. Laia quería jugar con él, llevaba semanas esperándole. Así que, sin pensárselo dos veces se alejó y empezó a lamerse los labios con deleite. Entonces, quitó su chaqueta y empezó a desabotonarse la blusa, poco a poco. Albert empezaba a sentir su corazón latiendo más y más rápido, y la temperatura de su cuerpo empezó a aumentar.

- No dejes de mirarme –dijo ella al ver que él tendía a cerrar los ojos cuando se avergonzaba de la situación-.

Todos los botones de su blusa estaban abiertos, así que bajó sus manos a sus piernas. Subió con suma lentitud desde las rodillas hacia arriba y las abrió, dejando ver unas preciosas braguitas de encaje, entre unas medias cogidas a un liguero de color negro. Cogió las manos de Albert y las posó en sus caderas, justo en la goma de su lencería, y le acompañó las manos. Él empezó a bajar y poco a poco le quitó su prenda más íntima, tirándola por algún lado del coche. Laia entonces subió bien su falda y con un leve clic soltó su sujetador, el cual se abría por delante. No estaba completamente desnuda, pero así podía mantenerse a buen recaudo de las miradas externas y sabía que Albert estaba viendo todo su cuerpo con suma facilidad.

- ¿Te gusta?

Él no contestó, ni asintió. Sólo tragaba saliva con cierta dificultad mientras respiraba entrecortadamente, cerraba sus puños e intentaba no parpadear ni mucho ni poco. Entonces Laia pasó al siguiente paso, empezó a tocarse los senos, con parsimonia, primero la piel, seguidamente el pezón, rodeándolo, haciendo círculos, pellizcándolo… y poco a poco bajó una de sus manos, muy lentamente por su vientre, llegó al ombligo, hizo un leve círculo y siguió bajando. Entonces pasando su mano primero por su pubis, y seguidamente por el interior de sus muslos, acarició de una manera casi imperceptible su humedad. Poco a poco la caricia fue más grande y empezó a tocarse, lentamente, bajo la atenta mirada de su alumno.

- Puedes tocar si quieres…

Ella estaba en plena calentura, pero él no se movió. Albert en esos momentos sólo deseaba verla, no quería tocarla, sólo verla. Laia lo interpretó como un gesto de nerviosismo, Albert no era capaz de asimilar la situación, pero ese no era el problema. El niñato quería seguir viéndola a ella, sólo a ella, lo excitaba en demasía verla a ella sola dándose placer, y no quería cambiar esa escena por nada del mundo.

. De momento quiero verte, sólo mirarte.

Llegó a articular esas palabras y Laia se sonrió, ese niño tenía su cara escondida, la verdad es que la intrigaba mucho. Entonces ella bajó la otra mano a su humedad y abrió con un movimiento rápido todo su centro de placer. Entonces con una de sus manos empezó a acariciar y pellizcar el clítoris, bajaba lentamente hacia su entrada para mojar sus dedos en ese líquido espeso y pringoso, salado, que brotaba de su interior, y volvía a subir para seguir acariciando. Estaba en el quinto cielo.

Ella tranquilamente, empezó a intensificar el ritmo, cada vez más rápido… más rápido, y en tres minutos alcanzó el deseado orgasmo, más por la mirada fija de su amante, que por sus propias caricias.

- ¡Ah! Ha sido… increíble.

Entonces ella, aún con la blusa abierta y la falda tan subida se acercó a su niño y empezó a besarle y a acariciar su pecho. Albert la besó con fuerza y acarició su pelo, lleno de valentía en el momento se atrevió a tocar suavemente sus pechos y al ver la respuesta agradable de ella, bajó una de sus manos a su humedad y acarició con nerviosismo. Ella era la primera mujer, la primera en todo.

- ¡Dios mío, no dejes de tocarme! Tienes las manos tan suaves…

Él no supo que decir, sólo siguió. En ese instante ella notó todo su bulto bajo sus pantalones, era una excitación fuera de lo normal. Los abrió y con la mano derecha agarró su miembro, completamente caliente y duro.

- ¿Qué quieres que haga con él?

Albert no contestó, su cara de sorpresa y miedo fue suficiente respuesta.

- Voy a llevarte al cielo, en segundos.

Ella agarró aquello que tenía entre las piernas y con suavidad fue lamiéndolo y besándolo, poco a poco, entonces sorbió la punta y empezó a engullir, se la clavó de una sola vez tan a fondo como pudo y con ansia siguió, rápido, muy rápido. Albert no se corría y Laia tuvo que ponerse en serio para conseguirlo, después de más de quince minutos el niñato cedió y apartó su boca de él al llegar al clímax, cogiendo un pañuelo. El crío estaba muy frío y rígido, Laia lo besó y sonrió, como para calmar la situación, pero Albert no parecía feliz, precisamente.

Ella bajó del coche, subió en el asiento del piloto y arrancó. Lo iba a llevar a su casa, eso acababa de empezar. Albert en cambio, se sentó, se abrochó el cinturón y no dijo una palabra. En su interior se sentía una mierda, un mero objeto que Laia utilizaba como a cualquier otro, único quizá, pero sin sentimiento, por puro placer. No le importaba en absoluto nada excepto eso, no hablaban, no sonreían… sólo tenían sexo. Eso no iba a funcionar, él no quería ese tipo de relación.

martes, 6 de julio de 2010

Lametones.

Finales de Noviembre
¿Cómo un peluche? No, esa no sería una buena descripción. Más bien Laia lo veía como a una cosa inocente y pura que quería corromper. No dudaba que Albert tuviera su parte más cañera y segura, pero sabía que podía imponérsele de una manera que la excitaba. No acostumbraba a salir con hombres que pudiera dominar, y en esta ocasión el pensamiento de hacer con ese niñato lo que quisiera, la ponía mala.
¿Guapo? Quizá sí, había algo en él que la atraía de una forma increíble. No era como en otras ocasiones un cuerpo desmedido que emanaba sexo por los cuatro costados, a una sonrisa increíble, una manera de ser excitante o una mirada penetrante que la recorría de pies a cabeza desnudándola… en esta ocasión era inocencia e ingenuidad, unidas a un misterio que tenían sus ojos. Ese niño la tenía absolutamente contrariada.

No podía pensar, ni siquiera respirar con tranquilidad. Le iba a dar un ataque de asma como siguiera así. Laia lo tenía absolutamente loco. Aunque no quitaba de su cabeza la idea de que fuera una broma de mal gusto, la verdad es que las palabras de Laia habían sonado bastante contundentes y no sabía qué hacer. Ella sin duda era increíble y lo ponía muy nervioso, ya no iba a verla como antes y la evitaba durante todo el día, pero ella siempre era capaz de encontrarlo y susurrarle alguna grosería, tocarle o incluso besarle. Lo tenía completamente desquiciado.

Un nuevo mensaje. Otra vez Laia, seguro. “Pequeñín, mañana te espero en la sala 17 a las 12 en punto, ni se te ocurra faltar, ¿entendido? Voy a enseñarte un poco más sobre la vida. ¡Ah, por cierto! Me gusta ese polo de rayas que tienes, póntelo.” Una citación, al día siguiente… ¿Qué querría? Mejor no saberlo. Quizá era esa sensación de dominación lo que le atraía tanto de esa mujer, quizá su seguridad, sus impulsos… y claro, obviamente, su físico. Aunque estaba empezando a dudar si era tanto por eso, pues la mayoría de sus compañeros no la encontraban precisamente nada fuera de lo común. Un cuerpo medianamente atrayente, pero demasiado simple para algunos, con ciertos Kg. para otros y… muy seria y arisca para la mayoría. A él la verdad, lo volvía loco.

Estuvo pensando mil y una veces en si ir o no, y finalmente, sus pies lo llevaron a la sala 17 casi sin preguntarle. A las 12 en punto estaba ahí, no había nadie y se sintió mal al pensar que esa vez si era una broma. No tuvo tiempo a seguir pensando porque en el segundo siguiente entró Laia con las llaves, pasó y cerró.
- ¿Qué… qué se supone que haces exactamente?
- Tener intimidad.
- ¿Intimidad para qué?
A cada paso que daba ella, él daba un paso hacia atrás. Arrinconándose sin escapatoria en la pared. Excitación y miedo eran las dos sensaciones que más lo recorrían en ese instante, no sabía exactamente qué hacer o qué decir. Pero estaba claro que ella lo tenía completamente todo pensado.
- Intimidad para esto –dijo acercándose poco a poco y agarrándolo por el cuello. El beso éste superó el primero, eso seguro-.
Albert intentó respirar con tranquilidad, pero no pudo, era imposible estar tranquilo a su lado. Ella lo ponía taquicárdico.
Ella quería jugar. Laia se había estado relamiendo sólo con pensar en lo que podría hacerle en esa media hora de descanso en esa sala, y había pensado en mil posturas y cosas para probar con su pequeño.
- ¿Eres virgen?
- ¿Qué? –dijo él sobresaltado-.
- ¿Lo eres o no? –Repitió ella mientras empezaba a lamer su cuello, con pequeños mordiscos y lametones, mientras agarraba el filo de su polo de rayas, subiéndolo, para acariciar su piel-.
- Sí… sí, lo soy.
- Mmm… -dijo ella suspirando. Un virgen, empezaba a relamerse aún más-. Eso hay que remediarlo de ahora en adelante. ¿Virgen total?
- ¿Qué quieres decir?
Ella subió por su cuello y empezó a lamer el lóbulo de su oreja, con pequeños mordiscos, mientras seguía subiendo por su pecho. Tenía la piel muy caliente, y empezaba a respirar con dificultad. Este niño la ponía frenética.
- ¿Has lamido a una chica? ¿Te la han chupado alguna vez? O quizás… - entonces miró sus ojos y vió perfectamente que era COMPLETAMENTE VIRGEN, quizás hasta su primer beso lo había tenido con ella. Perfecto, absolutamente perfecto-. Bueno, entonces… hoy empezaré a desvirgarte, iremos paso a paso.
- ¿Qué quieres decir con…?
En ese mismo momento ella metió toda su mano en su pantalón, él se escandalizó e intentó apartarse pero ella no lo dejó. Sabía perfectamente que él también quería, eso era indiscutible, así que no iba a parar en ningún momento.
- Estoy tan húmeda… me muero por lamerte –susurró ella en su oído, excitándolo de mala manera-.
Abrió bien su pantalón y lo dejó caer, a continuación besó por encima de la tela su miembro y miró a sus ojos. Albert estaba apoyado en la pared, con los puños apretados, suspirando con dificultad y con los ojos completamente cerrados.
- No está nada mal… -dijo ella al notar su tamaño-.
Él dio un vuelco, pero no se movió un milímetro. Con extrema suavidad ella bajó el slip y pasó su lengua por la punta. Él suspiró. Era tan excitante… un virgen totalmente estampado contra la pared, cerrando sus ojos y suspirando, mientras ella iba a darle uno de los grandes placeres de su vida. Humedecerse era poco.
La tomó entre sus manos y empezó a besarla con cuidado, después un par de lametones, un par de caricias… ya estaba completamente erecta y ella era una golosa, no iba a poder esperar mucho más. Quería comérsela. Con glotonería se la metió en la boca, sólo la punta, y poco a poco fue chupando y lamiendo, introduciendo cada vez más trozo, cada vez más centímetros… hasta que casi la tuvo entera. Entonces subió su mano derecha hacia su torso y tocó, acarició… su piel estaba tan caliente…
- ¿Te gusta? Albert… ¿te gusta?
Él no contestó, pero abrió los ojos. Vergüenza era poco para describir su cara, pero también había excitación. Cerrando de nuevo sus ojos posó su mano izquierda en su cabeza y empezó a acariciar su pelo, no hizo fuerza con su mano y ella lo agradeció. Pasaron aproximadamente unos 10 minutos y él ya no aguantó más. Ella lo dejó acabar en su boca, y después cogió un pañuelo para limpiarse. Para ser la primera vez, no había estado nada mal, esperaba que no aguantara ni un minuto… y su tamaño estaba muy pero que muy bien, no había conseguido metérsela entera y ella era una auténtica golosa. No obstante, estaba muy pero que muy excitada. Los suspiros de Albert, sus ojos cerrados, sus caricias en su pelo, su piel suave y caliente… ese niño le gustaba, y mucho. Deseaba tener un poco más de tiempo para desvirgarle completamente. Jugar con él sería toda una aventura.

No podía creer lo que estaba pasando… era absolutamente diferente a todo lo que él podría haber imaginado. Una chica como ella con alguien como él. Ya no era por el pedazo de sexo oral que le había regalado, sino por la situación en sí, por el momento, las caras, los sentimientos que ambos habían tenido… era por todo, y no sabía qué hacer o qué pensar… simplemente estaba como en una nube.

Ella lo vistió, besó de nuevo sus labios y se fue para que pudiera sobreponerse antes de volver a la clase. No obstante, antes de irse le dejó otro papelito indicándole el lugar y la hora de la siguiente clase sexual.

Laia era… diferente. Aún así no se sentía bien del todo, feliz sí y excitado también, había sido la primera vez y había estado increíblemente bien, pero no se imaginaba que esa primera vez fuera así… no fría, pero sí distante, ni siquiera se conocían y ella no había sentido nada, ella no había dejado que él hiciera nada, ni siquiera lo había pedido. Objeto no se sentía, pero podía entender lo que decían tanto hombres como mujeres al decir que eran un mero títere sexual para la pareja. En ese feliz momento, él también tuvo ganas de llorar… pues, ¿había algo más que la simple razón de dominación y excitación ante un chico como él para que ella quisiera estar a su lado? En ese momento, no supo qué pensar. Quizá con los días, las cosas se aclararían un poco.

Ellos se vieron

Él ni siquiera había pensado en cómo iba a ser su vida sexual en un futuro. Esperaba el momento y no se sentía precisamente preocupado por empezar a experimentar. Le llamaba la atención, claro, pero no estaba ansioso… las cosas llegarían cuando fuera el momento exacto, ni más ni menos.

18 añitos. De complexión bastante delgada y piel bastante oscura. Pelo ondulado, poco sedoso, de un fuerte color negro, cortado aproximadamente por los hombros. Unos ojos marrones profundos, labios carnosos y una gran sonrisa. Las manos bastante grandes, y no muy fuerte. Tímido, eso seguro. Escondido tras una coraza de risas y comentarios graciosos, escondido de todo un mundo del que temía resultar herido. Mucho más complejo de lo que ellos creían, mucho más atento a las cosas. No era tonto, se percataba de todo… y quizás, refugiarse en esa inocencia y pasividad era lo que le salvaba.

Septiembre.

Empezaba un nuevo curso. Los nacidos en 1992 empezaban la universidad. Un nuevo camino, una nueva etapa… mucha gente nueva, muchas cosas que empiezan a cambiar y hay que tomar muchas decisiones. No obstante, él tenía claro que quería y cómo lo quería.

Primer día de clase… las típicas pérdidas de clase, los pasillos interminables, mil compañeros, llegar tarde… con los días se iría acostumbrando. El tercer día la vió y ya no pudo dejar de mirar. No sabía su nombre, pero era… indescriptible. Mayor, eso seguro, quizá una profesora, quizá alguna funcionaría de la universidad. Lo único que podía decir es que era preciosa, al menos a sus ojos era preciosa.

- ¿Quieres algo? –Dijo ella una de las mil veces en que él se la quedó mirando, embelesado durante minutos-.

Sólo pudo negar con la cabeza, agachar la mirada y salir corriendo. Ella sonrió. Otro más para la larga lista de niñatos que se iban a dar una alegría recordando esa noche sus curvas. ¡Malditas hormonas revolucionadas!

Octubre.

El niñato de primero de cabello rizado largo y con los ojos marrones se pasaba la mitad del día mirándola. La estaba poniendo muy nerviosa, por primera vez en muchos años alguien era capaz de intimidarla. Lo que peor llevaba es que fuera un niñato de 18 años delgado y con carita inocente, quizá era eso lo que la extrañaba, su carita inocente tras unos ojos que decían mucho más.

- Me está poniendo nerviosa… -dijo ella, cuando lo vio por tercera vez en ese mismo día apoyado en una de las columnas mientras la miraba de refilón-.

- ¿Qué dices Laia?

- ¿Ves ese chico de ahí? –Alex, su compañero, asintió.- Lleva desde que empezaron las clases en septiembre pasando entre 4 y 5 veces cada día a verme, simplemente me observa. Y me está empezando a cabrear.

- ¡Déjalo pobrecito! Está embelesado… como todos.

- ¡Estoy harta de ser el ideal masturbatorio de los alumnos de primero!

Alex empezó a partirse de la risa y fue a llevar un par de cosas al despacho de uno de los profesores de biología, cada día se reía más con su compañera, era realmente especial, podría decirse que absolutamente: única.

Él la miraba… era como una droga, ya no se imaginaba un día sin estar unos minutos observándola. Simplemente necesitaba mirarla, como caía su pelo por su espalda, como se subía las gafas, como ordenaba los papeles…

En un mes había descubierto que su nombre era Laia, se encargaba de todo aquello que fuera administración en torno al profesorado y a los alumnos. Estaba estudiando derecho y trabajaba en la universidad porque al haber acabado la carrera de Biomedicina se había quedado en administración, ya que no quería ejercer de ello, sino como abogada en un futuro. Tenía 28 años y vivía sola, siempre llegaba a la universidad con un Honda precioso de color negro, siempre sola, y siempre vestida con pantalón largo de vestir y americana a juego, debajo una camisa blanca y chaleco o corbata. Normalmente llevaba el pelo recogido en una pinza, con la mitad suelto en su espalda, y unas gafas bastante cuadradas de color negro. Poco maquillaje, pero con los labios bastante brillantes, rimel que acentuaba sus largas pestañas y un poco de colorete para resaltar su bonito color de piel.

Noviembre

El niñato se llamaba Albert y tenía, como ella ya había dicho, 18 añitos. No se le daba mal estudiar y era bastante callado en clase. Con un círculo reducido de amigos, pasaba bastantes horas en la biblioteca estudiando sin armar escándalo. No era conocido ni desconocido por los profesores, lo que significaba que estaba entre los normales tirando a buenos. Se notaba que le gustaba su carrera, eso sí. Al contrario que muchos otros, su mirada era limpia, la contemplaba siempre como si fuera un monumento, y eso con el tiempo empezó a gustarle. Quizá… podría jugar con él.

Era miércoles. Las doce del mediodía, si no se equivocaba, su pequeña presa estaría a punto de salir de su segunda clase y se dirigiría a su siempre cómoda columna para apoyarse durante un escaso minuto y contemplarla, mientras supuestamente arreglaba su mochila y ponía en orden sus apuntes. Estaba preparada.

- ¡Ahora voy para ya, un momento que cojo los apuntes!

Ahí venía. Como siempre se paró ahí, y al alzar la vista para buscarla… se la encontró de frente, a escasos centímetros, mirándole fijamente a los ojos y sonriendo. Dio un paso atrás y se encontró cercado por la columna y el cuerpo de ella, ¿cómo había podido llegar a esa situación?

- Te llamas Albert, ¿verdad?

- Sí… -dijo él titubeando, completamente rojo, estaba muy nervioso-.

Ella sonrió aún más y se acercó un segundo a su oído, retiró el cabello en un momento y le susurró “Encantada de que me mires a diario, pero… ¿no querrías hacer algo más que mirarme?”. Ella se separó y lo miró. Mil sensaciones diferentes pasaban por su cabeza, y ella lo estaba disfrutando a conciencia.

- Piénsatelo, ¿quieres? Y dime algo cuando lo tengas claro…

Le dejó un papelito en la mano y le besó en los labios en una milésima de segundo. Albert no sabía qué hacer o qué decir. Se sentía absolutamente fuera de contexto, se pellizcó una cantidad innumerable de veces para cerciorarse de que estaba despierto y eso no era un sueño más de los muchos que tenía.

- ¿Es en serio?

Estuvo una semana sin ir a verla, sin mirarla siquiera cuando se la cruzaba por los pasillos. En el papel había escrito su móvil, su correo y su dirección. Ni se le había pasado por la cabeza enviarle nada, mucho menos llamarla o presentarse en su casa. Debía ser una broma de sus amigos, algo así, no podía ser otra cosa.

Justo a la semana, se encontró con ella de frente de nuevo y trató de esquivarla, pero ella se interpuso en su camino y lo arrastró a una de las esquinas de la sala. Ya no había nadie allí, estaban solos.

- ¿Qué pasa?

- ¿Perdona?

- Llevo una semana entera esperando a que contestes algo, que sencillamente digas si o no… no estás obligado a decir que sí, yo pensé que tal y como me mirabas desde que empezó el curso tú…

- Pensaba que era una broma.

- ¿Qué? –Dijo ella confundida-.

- No me tomé en serio lo que dijiste. Pensé que era una broma de mis amigos, y aún lo sigo pensando. Por eso te evito y no quiero verte, no pienso caer en la broma. No vais a humillarme.

No la miró a los ojos, no subió la mirada e intentó ser lo más frío posible. Ella sonrió, esa inocencia le parecía absolutamente sexy y cuánto más la evitaba, más ganas tenía de ver a aquel pequeño niñato que intentaba escaparse de sus manos.

- No es ninguna broma.

- ¿Cómo que no? ¿De qué otro modo tú querrías…?

No pudo terminar la frase, Laia ya había empezado a besarle. No un beso cualquiera, no un pico como la otra vez, aquello era un beso en toda regla. Lengua con lengua, con pasión y lujuria… mientras hacía eso, había empezado a meter mano bajo su camiseta y empezaba a reseguir su cintura con una mano, mientras con la otra acariciaba su nuca, dejándole sin sentido.

- Esto no es ninguna broma, es mi decisión. Yo te quiero para mí, me pones enferma sólo con verte. Eres follable, muy follable. Absolutamente comible y quiero comerte. La verdad es que no me importa mucho si quieres o no… porque sé que lo voy a conseguir, pero será más fácil y más rápido si aceptas y me dejas hacer lo que me venga en gana. Piensa que sino, lo acabaré consiguiendo de una manera u otra.

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