

Never say never
See
I never thought that I could walk through fire
I never thought that I could take the burn
I never had the strength to take it higher
Until I reached the point of no return
And there's just no turning back
When your hearts under attack
Gonna give everything I have
It's my destiny
I will never say never (I will fight)
I will fight 'till forever (make it right)
Whenever you knock me down
I will not stay on the ground
Pick it up, pick it up, pick it up
Pick it up, up, up
And never say never
(Ne-never say never) [3x]
(Never say, never, never say it)
I never thought that I could feel this power
I never thought that I could feel this free
I'm strong enough to climb the highest tower
And I'm fast enough to run across the sea
And there's just no turning back
When your hearts under attack
Gonna give everything I have
'Cause this is my destiny
I will never say never (I will fight)
I will fight 'till forever (make it right)
Whenever you knock me down
I will not stay on the ground
Pick it up, pick it up, pick it up
Pick it up, up, up
And never say never
[Jaden Smith]
Here we go!
Guess who?
JSmith and JB!
Uh ha
I got?cha lil? bro?
I can handle him
Hold up, I?
I can handle him
Now he's bigger than me
Taller than me
And he's older than me
And stronger than me
And his arms a little bit longer than me
But he ain't on a JB song with me
I'll be trying to chill
They'll be trying to side with the thrill
No pun intended
Was raised by the power of Will
Like Luke with the force
When push comes to shove
Like Cobe in the 4th
Ice water with blood
I gotta be the best, and yes
We're the flyest
Like David and Goliath
I conquered the giant
So now I got the world in my hand
I was born from two stars
So the moon's where I land
[Justin Bieber]
I will never say never (I will fight)
I will fight till forever (make it right)
Whenever you knock me down
I will not stay on the ground
Pick it up, pick it up, pick it up
Pick it up, up, up
And never say never
I will never say never (I will fight)
I will fight till forever (make it right)
Whenever you knock me down
I will not stay on the ground
Pick it up, pick it up, pick it up
Pick it up, up, up
And never say never
(Ne-never say never)
(Never say it)
(Ne-never say never)
(Never say it)
(Ne-never say never)
(Never say it)
And never say never
(Ne-never say never)
(Never say it)
(Ne-never say never)
(Never say it)
(Ne-never say never)
(Never say it)
And never say never
Gracias a todas las personas que leen mis relatos, gracias de verdad. Estoy empezando a vivir, por decirlo de algún modo, y escribir para mí es como respirar. Para muchos escribir novela erótica es algo menor, pero para mi es esencia… es parte de mi misma, me ayuda a vivir y a sentirme bien conmigo misma, mis pensamientos y mis deseos. El ver que lo que escribo se lee día a día y se puntúa de esta forma, así como los comentarios que dejáis dándome ánimos y alabando mis palabras, me hace muy feliz. Gracias por todo, ¡en serio! Me hacéis sonreír día a día.
*
Ella tenía una casa adosada en una especie de urbanización a las afueras de la ciudad. Era de dos plantas, en color salmón y con los remates en blanco. La puerta principal era oscura, pero no negra, quizá marrón muy oscuro, que con el sol brillaba. Laia se bajó del coche y abrió el garaje, entró y aparcó su coche. Albert abrió la puerta sin decir nada y la siguió, con aire frío y distante. Ambos entraron en la casa y Laia fue a dejar sus cosas al recibidor, entró en la cocina y cogió un par de latas.
- ¿Te va bien Trina?
- No quiero nada, gracias.
Ella se asomó intrigada al oír esa voz tan tosca viviendo de su niño mimado. ¿Qué le ocurría? Abrió su lata y bebió un tragó, cerró la nevera con la otra mano y se fue hacia el comedor, dónde Albert estaba apoyado en la mesa, mirando al suelo.
- ¿Se puede saber qué coño te pasa?
- Nada.
- ¡Eh! ¡Contéstame seriamente!
- ¿Qué crees que soy?
- ¿Qué?
- Te crees con derecho a hacer conmigo lo que quieres porque soy un crío y sabes que me atraes a más no poder, ¿verdad? Te piensas que me pone muchísimo todo este jueguecito y que disfruto a más no poder, que esto es lo que desean todos los chavales de mi edad, ¿no? ¿Pues sabes qué? ¡Ya no lo deseo! Antes cuando todo esto era una fantasía, estaba bien, pero ahora ya no quiero seguir jugando. ¡No me gusta en absoluto ser un títere en tus manos! ¿Tengo sentimientos sabes? Si quieres correrte cómprate un puto consolador, ¿entendido?
- Si resulta que mi niño tiene genio y todo… -dijo Laia riendo-.
- No me hace gracia.
- ¿Acaso te estoy obligando?
- ¿Qué? –Dijo levantando la cabeza del suelo y mirándola a los ojos-.
- ¿Esto es una obligación, estás aquí porque te tengo amenazado o te doy miedo?
- No –dijo entre dientes-.
- Entonces haz el favor de callarte. Ahora mismo puedes hacer dos cosas: quedarte y disfrutar del momento, o irte y no buscarme más. Yo te busco porque sé que tú me aceptas, pero nunca te forzaría. Aunque me moleste tener que admitirlo me siento asquerosamente atraída por un mocoso como tú.
Eso le hizo sonreír, y ella lo sabía. Había admitido que era más que un juguete, que no era como cualquier otro. Y sin pensarlo dos veces se le acercó y le dio un beso tierno en los labios, con dulzura.
- ¿Te importo?
- Más de lo que deberías.
Se alejó un poco de él y volvió a beber de su lata, mientras lo miraba sentándose en el sofá de su comedor, poniéndose cómoda.
- ¿Siempre eres así?
- ¿Qué quieres decir?
- Parece que te escondes detrás del sexo. ¿No te cansa ser como un juguete para los demás? A mí no me gusta en absoluto sentir placer porque sí, no me gusta que no me beses o que no pueda tocarte o…
- Eres diferente a la mayoría de hombres que conocí.
- Bueno, no sé si podría describirme como un hombre, aún soy un crío.
- Puedo asegurarte que para según que cosas eres todo un hombre. Te sigo de vez en cuando por los pasillos, y escucho a los profesores cuando hablan de ti. Eres maduro, paciente y tienes las cosas claras. La mayoría de hombres no consiguen ni la mitad de eso aún teniendo el triple de años.
Ambos sonrieron. El ambiente cada vez era más apropiado y Laia empezaba a sentirse cada vez más cómoda con él, aún no habían llegado al final y en ese momento era lo que más deseaba. Hacía un rato que se había corrido, mirándole, pero en ese instante lo deseaba como si hiciera años que no estaba con un hombre.
Albert se acercó a ella y antes de que pudiera pensárselo dos veces y echarse atrás, la besó con ansias y se dejó caer, estirándose sobre ella, en el cómodo sofá. Poco después empezó a besar su mejilla, el mentón y finalmente su cuello. Lo tenía suave y dulce, le encantaba saborear esa zona. Laia empezaba a suspirar y eso lo ponía frenético. Quitó su ropa y cuando quedó totalmente desnuda bajo él, sintió deseos de parar el tiempo y quedarse años mirándola, recorriendo su cuerpo de arriba abajo sin prisa.
Era una diosa. Dijeran lo que dijeran, para él lo era. Tenía unos pechos enormes, voluptuosos y preciosos, todo su pezón era rosado, con una gran aureola. Suaves y blanditos, no cabía uno entero en una de sus manos y eso le encantaba, tanta piel por recorrer, tan fina y tan ardiente.
Bajando por su cintura, nada escuálida, se entretuvo en su ombligo y besó esos centímetros de piel, que se erizaba con el roce de sus labios. Poco a poco fue bajando, observando de vez en cuando la cara de Laia, y sus suspiros, parecía estar en otro mundo, y por primera vez, se dejaba hacer, sin oponer resistencia. Al llegar a sus piernas, bajó directamente e sus rodillas, las besó y abrió sus muslos con suavidad. Empezó a tocar por los tobillos y fue subiendo con suavidad, al llegar casi al final, sopló sobre la parte interna y pasó su lengua juguetona. Fue subiendo poco a poco, tan despacio como podía, y entonces posó su vista en ella, en su humedad. Todo aquello, rosado, hinchado y en ese momento tan húmedo, a su alcance. Completamente visible por primera vez, lo embriagaba.
- ¿Puedo lamerte?
Laia sólo soltó un gemido de aprobación mientras Albert pasaba uno de sus cálidos dedos por su humedad. Abrió bien sus piernas y con suma suavidad tocó con la yema de sus dedos cada rincón, fijándose muy bien en dónde conseguía los mayores gemidos. A los minutos, fue su lengua la encargada de provocar las convulsiones de su amante y con ella, al poco, consiguió el primer orgasmo de Laia en sus manos, en este caso en su lengua. Sentir los gemidos, el sudor de ella, sus ojos cerrados, los estremecimientos, los latidos de su corazón... aquello no era descriptible.
- ¿Laia?
- ¿Mmh? –Dijo ella aún recuperándose-.
- ¿Qué tal he…?
Pero no pudo acabar esa frase, sencillamente porque Laia se lanzó a sus labios y lo besó frenética, mientras acariciaba su pelo, cosa que a ambos los volvía locos. Albert no pudo elegir entre la sorpresa que tuvo que ella lo besara tan ardiente cuando hacía un segundo que parecía muerta del agotamiento, o que no tuviera reparos en besarle cuando él aún sabía a ella, pues sus labios todavía tenían su gusto salado impregnado.
- No puedes dejarme así.
- ¿Quieres que…?
- Lo necesito, de verdad.
El empezó a desnudarse. La verdad es que estaba muy excitado y había empezado a dolerle de la emoción, pero no estaba seguro de nada. Era su primera vez, virgen del todo, y nervioso era poca descripción. Aún así confiaba bastante en Laia, ella siempre sacaba su parte más sexual.
- Sé que es tu primera vez… y quizá no tengo derecho a quitártela, pero te juro que si no lo necesitara no te lo pediría.
Verla así, tan sumamente excitada pudo con él. Ella estaba ardiendo, sudada, apenas podía hablar sin suspirar y sus ojos entrecerrados lo miraban con ansia. Su humedad en lugar de calmarse parecía acelerada y su corazón desbocado se oía perfectamente.
- Yo también quiero hacerlo –dijo él, contento además de esa faceta nueva, donde había podido ver a una Laia mucho más frágil y voluble, que le pedía desconsolada un poco de atención-. Sólo que no sé como será.
- Será perfecto, eso seguro –afirmó ella mientras besaba sus labios con dulzura. Albert se sintió mucho más tranquilo en ese momento y se bajó la última prenda que le quedaba.
Empezaron a besarse y Laia no tardó mucho en empezar a gemir, las manos suaves de su amante la volvían loca. Los besos siguieron hacia el cuello y al poco Albert bajó a sus senos, lamiendo y tocando por doquier.
- No puedo aguantar más –dijo Laia entre suspiros-.
Ella abrió las piernas y las dobló, subiéndolas a la altura de su cintura. Apoyó la planta de los pies en el sofá y situó a Albert a la altura, notaba su nerviosismo pero también su excitación, y no podía esperar más.
- La tienes durísima –mordió el lóbulo de su oreja el decirle eso y en un momento abrió un preservativo, que colocó con tranquilidad en su miembro, tenían que tener cuidado, no por las enfermedades ya que su niño era virgen, sino por aumentar la guardería de uno a dos niños. Con suavidad la tomó con sus manos y la colocó en su humedad, al principio, rozando sólo con milímetros su cuerpo-, hazlo de una vez, no puedo esperar más, estoy ardiendo.
Él titubeó pero después de suspirar un momento y mirarla a los ojos, la introdujo de una sola embestida. Laia gimió como nunca antes lo había hecho. Había estado con algunos hombres, pero ese momento era incomparable a todos ellos. Quizás por la inocencia de su amante y su dulzura, quizás por la situación, jamás había estado tan excitada… quizás por… ¿quién sabe? En esos momentos sólo podía pensar en él y en sus embestidas, se sentía llena.
- ¿Estás bien?
- Jamás he estado tan bien en mi vida… ¿Y tú, cómo te sientes?
- No pensaba que pudiera ser tan increíble…
No iba muy rápido, al contrario, aunque entraban hasta el final, siempre era con suma delicadeza, como si temiera romperla al entrar de una forma un poco brusca. Eso la hacía sonreír y estremecía a su corazón, cosa que nadie había conseguido. No obstante, ella necesitaba un poco más, necesitaba sentirlo…
- ¿Qué…? –Dijo él extrañado, pero ya era demasiado tarde.
Laia lo puso a él abajo y se sentó en su vientre, respiró hondo y sin pensárselo dos veces se hundió en él de una sola vez, Albert soltó un gemido que la calentó muchísimo y ella empezó a cabalgar sobre él con suma rapidez. Eso era lo que ella deseaba, él cada vez notaba más la estancia como nublada, todo daba vueltas… se irguió y tomó uno de sus pezones en su boca y agarró sus nalgas con ansia, eso que le estaba haciendo lo iba a volver loco, pero por ninguna cosa del mundo quería que parara.
- Albert… esto es… increíble.
Él levantó la cabeza y buscó sus labios, se besaron lentamente, mientras él subía sus manos por su espalda y acariciaba cada poro de esa piel. Laia se sintió completa por primera vez, aunque pasaría tiempo hasta que se diera cuenta de todo lo que estaba sucediendo, en todos y cada uno de los niveles físicos y mentales de una relación.
- Laia… ya, ya no puedo más…
- Entonces tócame, por favor… hazlo…
Él acercó su mano a su humedad, y con ayuda de la mano de su amante tocó en el lugar indicado hasta que sintió como ésta se corría de nuevo, estremeciéndose y tensando sus músculos. Ésta misma tensión pareció exprimirlo y sin poder contenerse consiguió un orgasmo increíble, fruto de su primera relación sexual con una mujer. Empezó a respirar y abrazó con suavidad a Laia sin pensárselo. Ella quizá lo rechazaría, pero él necesitaba ese contacto. Al contrario de lo que pensaba, ella se cogió con fuerza a él y le besó en su hombro, respiró de su piel y la sintió tranquila, como en paz en sus brazos. Ambos se dejaron caer hacia atrás y quedaron el uno sobre el otro abrazados en el sofá.
- Ha sido tan dulce…
- El sexo es como quieres que sea –dijo Laia tranquilamente, no obstante se acurrucó más en sus brazos y besó su cuello con dulzura, parecía una niña en ese momento-. Pero ahora no dejes de abrazarme por favor.
- No lo haré.
Y ahora, ¿qué narices iba a suceder con ellos dos?
Diciembre.
Había acabado el trimestre. Encontrar a su pequeño le era difícil en esos días, habían estado más de una semana de exámenes y Albert no le hacía ni caso. Eso la ponía enferma, no soportaba que él pudiera pasar de ella, ese niño no. No obstante, Albert había sido lo suficientemente fuerte como para escapar de ella desde hacía más de 3 semanas, con la excusa de estar estudiando él la rehuía y empezaba a enorgullecerse de su valentía al decirle que no en contadas ocasiones, mirándola a los ojos y con talante serio. Estaba muy nervioso en esos momentos, pero había aprendido a controlarse.
El último día del trimestre Albert sólo tuvo que ir una hora a recoger unas cosas y a hablar con uno de sus profesores, le habían propuesto participar en un proyecto del campus y estaba muy contento. Salió de la sala 21 hacia la una del mediodía y se dirigía hacia la puerta de salida cuando la vio de pie, hablando con otro alumno, tocándose el pelo y poniendo sus gafas en su sitio. En ese momento sintió rabia. No quería que ella hablara con ningún otro alumno, ¿acaso también se tiraba a ese otro? Bueno quizás, al esquivarla, ella se había cansado de esperar y se estaba buscando un nuevo compañero. Empezó a pensar con dificultad y lo único que pudo hacer fue acercarse. Ella se percató de su presencia y con una sonrisa, se despidió del otro chico.
- ¡Albert! ¡Qué sorpresa! ¡Pensaba que habías desaparecido de mi vida! ¿Qué gran hazaña he cumplido para merecer tu presencia?
Él se sintió intimidado, cabreado y avergonzado a la vez. Miró a sus ojos, medio con rabia medio con miedo, y ella puso cara de ironía.
- Me estaba preguntando sobre unos papeles que hay que rellenar para el concurso ese de fotografía. –Él suspiró-. ¿Qué creías?
- Yo…
- Mira, puede que no sea una chica perfecta, pero ni pienses que me voy tirando a todo lo que se mueve, ¿entendido? Además, no tienes ningún derecho a mirarme así. Yo no soy nada tuyo.
Ella hablaba con rabia y él se quedó a cuadros. Entre ambos había mucha tensión en ese momento, y ninguno había sido sincero con el otro. Albert estaba preocupado y enfadado, no quería que ella tuviera a nadie más en su vida, podía ser que estuviera jugando y sólo fuera un polvo para ella, pero aún siéndolo, quería ser el único con quien ella jugara. Ella, por otro lado, estaba enfadada porque él la evitaba y se salía con la suya a base de miradas y palabras tajantes. Le molestaba que él no la necesitase, y sobretodo la cabreaba el sentimiento de cariño y necesidad que tenía hacia ese niñato virgen con quien jugaba.
Después de unos minutos en silencio, ambos a menos de medio metro, mirándose, llenos de dudas y rabia, hubo un poco de paz.
- No creo que seas ese tipo de chica… lo que pasa es que no puedo evitar pensar que si estás jugando conmigo, puedes querer jugar con cualquiera y eso me cabrea.
Ella sonrió. Aunque le molestaba pensar así, le encantó que él tuviera ese sentimiento hacia ella y se sintió mucho más tranquila. Estaba celoso, y eso a ella la ponía frenética.
- Me jode que me evites, ¿vale?
Él la miró extrañado, pero sólo desvió la mirada al ponerse colorado. Entonces ella, viendo que caía su fina tela de seriedad, se abalanzó sobre él y empezó besando su cuello con verdadera ansia. Llevaba tres semanas de abstinencia, y necesitaba hacer algo más que tocarse con sus manos.
- Estoy ardiendo.
Él enrojeció aún más y no se movió. Ella besó sus labios finamente y lo llevó a su coche, allí, entraron ambos en la parte trasera, por el asiento de detrás del piloto. Una vez dentro Laia siguió con sus besos y caricias, poco a poco, consiguió quitarle la sudadera y después su camiseta. Le gustaba mirarlo sin ropa, aunque no era muy fibrado y se podía decir que le faltaban algunos Kg. ella se volvía loca al verlo, era muy pero que muy erótico a sus ojos.
- ¿Alguna vez has visto a una mujer desnuda?
Él ni siquiera respondió, sólo negó con la cabeza y se dejó hacer, mientras suspiraba. Laia quería jugar con él, llevaba semanas esperándole. Así que, sin pensárselo dos veces se alejó y empezó a lamerse los labios con deleite. Entonces, quitó su chaqueta y empezó a desabotonarse la blusa, poco a poco. Albert empezaba a sentir su corazón latiendo más y más rápido, y la temperatura de su cuerpo empezó a aumentar.
- No dejes de mirarme –dijo ella al ver que él tendía a cerrar los ojos cuando se avergonzaba de la situación-.
Todos los botones de su blusa estaban abiertos, así que bajó sus manos a sus piernas. Subió con suma lentitud desde las rodillas hacia arriba y las abrió, dejando ver unas preciosas braguitas de encaje, entre unas medias cogidas a un liguero de color negro. Cogió las manos de Albert y las posó en sus caderas, justo en la goma de su lencería, y le acompañó las manos. Él empezó a bajar y poco a poco le quitó su prenda más íntima, tirándola por algún lado del coche. Laia entonces subió bien su falda y con un leve clic soltó su sujetador, el cual se abría por delante. No estaba completamente desnuda, pero así podía mantenerse a buen recaudo de las miradas externas y sabía que Albert estaba viendo todo su cuerpo con suma facilidad.
- ¿Te gusta?
Él no contestó, ni asintió. Sólo tragaba saliva con cierta dificultad mientras respiraba entrecortadamente, cerraba sus puños e intentaba no parpadear ni mucho ni poco. Entonces Laia pasó al siguiente paso, empezó a tocarse los senos, con parsimonia, primero la piel, seguidamente el pezón, rodeándolo, haciendo círculos, pellizcándolo… y poco a poco bajó una de sus manos, muy lentamente por su vientre, llegó al ombligo, hizo un leve círculo y siguió bajando. Entonces pasando su mano primero por su pubis, y seguidamente por el interior de sus muslos, acarició de una manera casi imperceptible su humedad. Poco a poco la caricia fue más grande y empezó a tocarse, lentamente, bajo la atenta mirada de su alumno.
- Puedes tocar si quieres…
Ella estaba en plena calentura, pero él no se movió. Albert en esos momentos sólo deseaba verla, no quería tocarla, sólo verla. Laia lo interpretó como un gesto de nerviosismo, Albert no era capaz de asimilar la situación, pero ese no era el problema. El niñato quería seguir viéndola a ella, sólo a ella, lo excitaba en demasía verla a ella sola dándose placer, y no quería cambiar esa escena por nada del mundo.
. De momento quiero verte, sólo mirarte.
Llegó a articular esas palabras y Laia se sonrió, ese niño tenía su cara escondida, la verdad es que la intrigaba mucho. Entonces ella bajó la otra mano a su humedad y abrió con un movimiento rápido todo su centro de placer. Entonces con una de sus manos empezó a acariciar y pellizcar el clítoris, bajaba lentamente hacia su entrada para mojar sus dedos en ese líquido espeso y pringoso, salado, que brotaba de su interior, y volvía a subir para seguir acariciando. Estaba en el quinto cielo.
Ella tranquilamente, empezó a intensificar el ritmo, cada vez más rápido… más rápido, y en tres minutos alcanzó el deseado orgasmo, más por la mirada fija de su amante, que por sus propias caricias.
- ¡Ah! Ha sido… increíble.
Entonces ella, aún con la blusa abierta y la falda tan subida se acercó a su niño y empezó a besarle y a acariciar su pecho. Albert la besó con fuerza y acarició su pelo, lleno de valentía en el momento se atrevió a tocar suavemente sus pechos y al ver la respuesta agradable de ella, bajó una de sus manos a su humedad y acarició con nerviosismo. Ella era la primera mujer, la primera en todo.
- ¡Dios mío, no dejes de tocarme! Tienes las manos tan suaves…
Él no supo que decir, sólo siguió. En ese instante ella notó todo su bulto bajo sus pantalones, era una excitación fuera de lo normal. Los abrió y con la mano derecha agarró su miembro, completamente caliente y duro.
- ¿Qué quieres que haga con él?
Albert no contestó, su cara de sorpresa y miedo fue suficiente respuesta.
- Voy a llevarte al cielo, en segundos.
Ella agarró aquello que tenía entre las piernas y con suavidad fue lamiéndolo y besándolo, poco a poco, entonces sorbió la punta y empezó a engullir, se la clavó de una sola vez tan a fondo como pudo y con ansia siguió, rápido, muy rápido. Albert no se corría y Laia tuvo que ponerse en serio para conseguirlo, después de más de quince minutos el niñato cedió y apartó su boca de él al llegar al clímax, cogiendo un pañuelo. El crío estaba muy frío y rígido, Laia lo besó y sonrió, como para calmar la situación, pero Albert no parecía feliz, precisamente.
Ella bajó del coche, subió en el asiento del piloto y arrancó. Lo iba a llevar a su casa, eso acababa de empezar. Albert en cambio, se sentó, se abrochó el cinturón y no dijo una palabra. En su interior se sentía una mierda, un mero objeto que Laia utilizaba como a cualquier otro, único quizá, pero sin sentimiento, por puro placer. No le importaba en absoluto nada excepto eso, no hablaban, no sonreían… sólo tenían sexo. Eso no iba a funcionar, él no quería ese tipo de relación.